EL comienzo de la imaginación

Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. No lo podía acabar de creer, el perro estaba muerto.

La señora Shears dice que fui yo, que me vio por el cristal aquella noche y que cuando salio a ver que pasaba en su jardín, desaparecí sin más.

En un rincón del salón, era la atención de mis padres, por primera vez en mucho tiempo. No estaba acostumbrado a ello, siempre pasan de mi y no podía soportar esas preguntas que me hacían sin tener respuesta por mi parte.

Si, una infancia no muy feliz pero eso no era ninguno de los motivos que venían a cabo.

Aquella noche, papá vino a mi cuarto a darme las buenas noche, cosa que no hacía desde que yo tenia dos años, pero más que las buenas noches me vino a hacer otro interrogatorio.

- ¿Has sido tu? Sabes que puedes contarme la verdad hijo, solo quiero que seas sincero.

- Sincero, yo contigo?... Alomejor deberías empezar a confiar un poco más en tu hijo, y alomejor después yo seré sincero contigo.

Al cabo de unos segundos, en absoluto silencio me contestó.

- Lo siento hijo, tienes razón. No debería desconfiar de ti, pero todo esto me ha puesto un poco nervioso.

Estas palabras me extrañaron mucho, me gusta que me hable así pero no lo hacía con mucha frecuencia. Pero esta forma de hablar estuvo presente entre nosotros durante los dos días siguientes. Lo hacían para que les hiciera caso, para que fuera a un dichoso psicólogo que me habían anunciado durante la cena.

No podía decir que no, esa manera tan amable con la que me hablaban me traía algunos de los pocos recuerdos felices de mi infancia.

Al día siguiente fui a mi primera consulta del psicólogo. No fue tan mal como esperaba, me trataba bien y me hablaba con educación. Hicimos unos juegos y no me atosigó mucho con preguntas, solo unas cuantas de mi infancia y de mi relación con mis padres. No me preguntó nada sobre el perro de mi vecina, el cual murió y todo el barrio decía que fui yo quien le mató.

Al cabo de unos días, empezaron esas preguntas en el psicólogo, esas preguntas que no quería responder. Día tras días me repetía aquellas preguntas que en la sesión anterior no quise contestar. Hasta que un día, sin poder aguantar mas, en un mar de la lagrimas le conté la verdad. No debí hacerlo, losé, pero no aguanto más, esto es superior a mi, esa presión sobre mi es demasiado.

Le conté como pasó, el echo de mi plan para no dejar sospechas. Pero yo no contaba con la vista del señor Shears. Si no hubiera sido por él, todo hubiera salido a la perfección. Pero no es eso lo que piensa Lucas, mi psicólogo, según sus estudios echos previamente a mis visitas con él. Dice que si no hubiera sido por el señor Shears, hubiera sido por la cuerda que dejé al lado del perro, y sino hubiera sido por el echo de faltar en mi casa pasadas la medianoche.

Si, alomejor tiene razón, alomejor lo hice para llamar la atención de mis padres, pero como dice Lucas no es culpa mía tener unos padres que no se ocupan de mí y haga esas cosas por llamar la atención.

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